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Amemos e intercedamos también
Xalapa, Ver. 19 Abril 20. 01:20 hrs.
Columnista de CATOLIN
Jareny Alejandra Ortega

Estudiante de Odontología, Productora  y conductora de "Un Café Con Tres de Fe"...
En uno de los puntos de la columna anterior te invité a ser un intercesor como María lo es con cada uno de nosotros, ahora quiero darte razón para hacerlo.

    Comencemos por definir qué es la oración de intercesión.

    El Catecismo de la Iglesia Católica en los numerales 2634 y 2635, nos dice que, “la intercesión es una oración de petición que nos conforma muy de cerca con la oración de Jesús… Interceder, pedir en favor de otro, es, lo propio de un corazón conforme a la misericordia de Dios”.
 
    Por lo tanto, podemos concluir que la intercesión es una oración a través de la cual pedimos por una necesidad, no buscando nuestro propio interés, sino el del otro, permitiéndonos tener un corazón orante y misericordioso como el de Jesús.
 
    Quiero ahora citar algunos ejemplos que podemos encontrar en el antiguo testamento, donde vemos cómo, desde tiempos de Abraham diversos personajes a lo largo de la historia intercedieron ante Dios por el pueblo:
 
    Abraham intercede por Sodoma (Génesis 18, 22-33).

    Dios mismo le ordenó al rey Abimelec que recurriera a la intercesión de Abraham: “…él rogará por ti y vivirás… Entonces Abraham oró por Abimelec, y Dios lo curó” (Génesis 20, 7-17).
 
    Moisés intercedió por los suyos: “El pueblo fue a decirle a Moisés: «Hemos pecado, hemos murmurado contra Yavé y contra ti. Ruega a Yavé para que aleje de nosotros las serpientes» Moisés oró por el pueblo...” (Números 21, 7).
 
    De la misma forma lo hizo Samuel: “En cuanto a mí, si dejara de orar por ustedes, pecaría contra Yavé; les indicaré pues el camino bueno y derecho” (1 Samuel 12, 23).
 
    Y así, muchos otros han dado ejemplo de la confianza en Dios y preocupación por sus semejantes. La pregunta ahora es ¿qué nos ha enseñado Cristo?
 
    En los Evangelios podemos encontrar numerosas ocasiones en las que Jesús actúa como mediador entre Dios y los hombres, pues Él ha dicho “Nadie va al Padre sino por mí” (Jn 14, 6). Hoy quiero compartir únicamente dos pasajes que hacen estremecer mi corazón:

    En el Evangelio de San Juan, capítulo 17, podemos leer una bellísima oración que Jesús dirige a su Padre: “Yo ruego por ellos. No ruego por el mundo, sino por los que son tuyos y que tú me diste… guárdalos en tu nombre… no te pido que los saques del mundo, sino que los defiendas del maligno… quiero que estén conmigo donde yo estoy… que el amor con que tú me amas esté en ellos y también yo esté en ellos”.
 
    Este es solo un fragmento, pero te invito a leerlo completo desde casa, pues esta es, sin duda alguna, una enorme manifestación del amor y preocupación que Cristo tiene por nosotros. De la misma forma lo demuestra, cuando estando a punto de morir en la cruz, ruega: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lc 23, 34). Y aquí nos da un ejemplo aún más grande de lo que es la verdadera intercesión, la cual no consiste en pedir solamente por aquellos a quienes amamos y nos hacen el bien, pues Jesús también dijo “amen a sus enemigos y rueguen por los que los persiguen” (Mt 5, 44).
 
    Por eso San Esteban, siguiendo este ejemplo, pidió por sus verdugos antes de morir: “Después se arrodilló y dijo con fuerte voz: «Señor, no les tomes en cuenta este pecado» Y dicho esto, se durmió en el Señor”  (Hch 7, 60).
 
    San Pablo también nos ha hecho esta sugerencia: “Ante todo recomiendo que se hagan peticiones, oraciones, súplicas y acciones de gracias por todos, sin distinción de personas” (1 Timoteo 2, 1).
 
    Ahora bien, refiriéndonos a María, el Evangelio nos revela cómo ora e intercede en las bodas de Caná, sin que nadie se lo rogase. A través de esta acción, da ejemplo de la actitud que debemos tener, pues después de ver nuestra miseria, corre en nuestro auxilio, ayuda con rapidez a los que la necesitan, y basta llamarla para sentirse amparado.
 
    A ejemplo de María, sin que nadie nos lo pida, acerquémonos a su Hijo, para pedir que obre en favor de otras almas, aún en aquellas que nos han lastimado, pues Ella ruega por los pecadores, a pesar de que constantemente hagamos daño a su Corazón Inmaculado y al Sagrado Corazón de su Hijo, no tiene distinciones, a todos acude con el mismo amor.
 
    Dios siempre da oportunidades para iniciar o reforzar nuestro camino en la oración, y la situación que estamos viviendo actualmente no es la excepción. Es tiempo de amar y de interceder por aquellos que se sienten afligidos y abandonados, por los enfermos, por quienes nos gobiernan, por nuestros sacerdotes, consagrados, laicos ¡por todo el mundo! Estemos atentos a las necesidades de los demás y no dejemos pasar esta oportunidad pensando en obtener bienes solo para nosotros.
 
    ¡Cristo ha resucitado! Acudamos con confianza al que ha triunfado victorioso.
 
    Él ya nos ha dado ejemplo de amar a través de la intercesión, y María, que está íntimamente unida a los sentimientos de su Hijo, no se ha quedado atrás y ha querido unirse a su misión, por eso Ella es el refugio de los pecadores y el consuelo de los afligidos. Ahora yo te pregunto a ti ¿estás dispuesto a hacer lo que Él te diga?
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