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Asesino converso va camino a los altares

- Sus últimas palabras fueron: “Señor, no me desampares, confío en Ti”.


Por: Alejandra Villegas
CATOLIN
Jacques Fesch. Créditos. Foto por: Divulgación

    Xalapa, Ver. 02 Jul 21. 21:40 hrs. (CATOLIN).- Jacques Fesch fue condenado a muerte por asesinato, quien estando en la cárcel experimentó la misericordia de Dios, se puso en sus manos y ahora va camino a los altares.

    En 1993 se abrió formalmente la causa de beatificación de Fesch, momento en el que el entonces Arzobispo de París, Cardenal Jean Marie Lustiger, expresó que “declarar santo a alguien no significa que la Iglesia admire los méritos de esa persona, sino propone un ejemplo de conversión de alguien que, independientemente de su camino humano, supo escuchar la voz de Dios y se arrepintió. No hay pecado tan grave que impida al hombre llegar a Dios, que le propone la salvación”.

    Jacques Fesch nació el 6 de abril de 1930 en Francia. Fue hijo de un banquero ateo de origen belga que vivía lejos de sus hijos y se divorció de su esposa. Fue educado en la religión católica por su madre, pero abandonó la fe a los 17 años.

    Luego de trabajar un tiempo en un banco, Fesch decidió dejarlo todo, incluida su familia, y comprar un barco para viajar por el mundo.

    Sin embargo, no tenía dinero para el contrato, y en 1954, decidió asaltar una casa de cambio. Mientras huía, se encontró con el oficial de policía Jean Vergne, de 35 años, viudo y padre de una niña, al que mató de tres tiros.

    Fesch fue arrestado y en 1957 fue condenado a muerte. Mientras esperaba el fin en la cárcel de La Santé fue llevado al capellán, pero se mostró indiferente diciendo que no era un hombre de fe.

    En el libro que él mismo escribió, dijo que la noche del 28 de febrero de 1955 tuvo una experiencia que logró su conversión:

    “Estaba acostado, con los ojos abiertos, sufriendo mucho por primera vez en mi vida. De repente, un grito salió de mi pecho, una súplica de ayuda - Dios mío - y, como un viento impetuoso que pasa sin que yo sepa de dónde viene, el Espíritu del Señor me agarró por la garganta. Tenía la impresión de un poder infinito y una bondad infinita que, desde ese momento, me hizo creer con convicción que nunca estuve abandonado”, expresó.

    Fesch se volvió cercano a San Francisco de Asís, Santa Teresa de Ávila y Santa Teresita del Niño Jesús, a quien llamaba “mi pequeña Teresa”.

    Mientras permaneció en la cárcel adoptó un estilo de vida monástico, trasmitiendo su fe a través de cartas.

    Cuando se fijó la fecha de su decapitación, Fesch decidió esperar este momento en paz y oración, viéndolo como una forma de santificación, a lo que decía: “Que cada gota de mi sangre borre un pecado mortal”.

     En la víspera de su ejecución escribió: “Último día de lucha. Mañana, a esta hora, estaré en el Cielo. Déjame morir, si esa es la voluntad del buen Dios. La noche avanza y cada vez me siento más aprensivo. Meditaré en la agonía del Señor en el Huerto de los Olivos. Dios mío, ayúdame, no me abandones. Cinco horas más y estaré en la verdadera vida. ¡Cinco horas más y veré a Jesús!”.

    El 1 de octubre de 1957, Jacques Fesch murió en la guillotina. Cuando los guardias llegaron a su celda para buscarlo, lo encontraron de rodillas rezando junto a la cama.

    Sus últimas palabras fueron: “Señor, no me desampares, confío en Ti”.

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