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Ayer, Hoy y Siempre
La eternidad es uno de los atributos que los cristianos reconocemos que reside solamente en Dios, pues no existe en él principio ni final, él es “alfa y omega

Xalapa, Ver. 23 Abril19. 19:40 hrs.
   La eternidad es uno de los atributos que los cristianos reconocemos que reside solamente en Dios, pues no existe en él principio ni final, él es “alfa y omega, aquel que es, que era y que ha de venir” (Ap. 1,8). Esto no quiere decir que Dios sea un ser lejano a nosotros debido a nuestra temporalidad, pues podemos definir a esta última, siguiendo el pensamiento Levinasiano, como la que permite la relación con aquello que –por sí mismo inasimilable-, no permitiría ser comprendido por la simple experiencia humana; entonces, el tiempo es algo que nos acerca al conocimiento del Dios eterno de forma parcial y pedagógica, por así decirlo, hasta que seamos llamados a la presencia del Padre celestial y podamos conocer su divinidad e infinita misericordia. “Ahora vemos las cosas como en un mal espejo y hay que adivinarlas, pero entonces las veremos cara a cara” (1 Cor 13, 12).
 
    Ahora bien, veamos como el Dios eterno y misericordioso nos muestra su gracia en los diferentes momentos de nuestra existencia, sirviéndonos de algunos ejemplos evangélicos con los que nos sentiremos identificados, para así relacionarlos con algún momento importante de nuestra vida como cristianos y darnos cuenta de que no existen límites temporales para nuestro salvador.
 
AYER
 
    Cuando el apóstol Felipe llamó a Natanael para que fuera al encuentro del mesías que habían anunciado los profetas, éste se mostraba un poco incrédulo ante la idea de un salvador que fuera originario de la ciudad de Nazaret. Gran sorpresa se llevaría al darse cuenta que Jesús ya lo conocía desde tiempo atrás: “Natanael le preguntó << ¿cómo me conoces? >> Jesús le respondió << Antes de que Felipe te llamara, cuando estabas bajo la higuera, yo te vi >>” (Jn. 1, 48). ¿Cómo podría quedar duda en Natanael al darse cuenta de que ese sujeto, entonces extraño, conocía un momento muy preciso de su vida pasada? Parece obvio que debió haber quedado estremecido ante esa respuesta, y en ese momento sólo quedaba reconocer que Jesús era el Rey de Israel.
 
    Dios conoce nuestro pasado, él estuvo presente en esos momentos que más han marcado nuestras vidas y que constantemente recordamos ya sea con tristeza o alegría. ¡Nunca estuvimos solos! “Antes de formarte en el seno de tu madre, ya te conocía” (Jer. 1, 5)
 
HOY
 
    Muchas veces nos cuesta encontrar a Jesús en nuestra vida cotidiana, pues estamos rodeados de rutinas y hábitos de todo tipo que nos distraen de la experiencia divina. Ante esto debemos emprender una búsqueda hacia contextos diferentes, siguiendo el ejemplo de Zaqueo, quien se esforzó por encontrar un punto más alto para poder ver con claridad a Jesús: “Zaqueo quería ver cómo era Jesús, pero no lo conseguía (…). Entonces se adelantó corriendo y se subió a un árbol para verlo” (Lc. 19, 3 – 4). Grata sería su sorpresa al escuchar la expresión de Jesús, la cual habla de inmediatez, del ahora: “<<Zaqueo, baja enseguida, pues hoy tengo que quedarme en tu casa>> (Lc. 19, 5). Todavía más, Jesús insiste en que esa salvación que encontró Zaqueo es vigente ahora mismo: “<<Hoy ha llegado la salvación a esta casa>>” (Lc. 19, 9).
 
    Así, Cristo quiere visitarnos cada día para darnos la salvación que llena de alegría nuestra alma, pero esto requiere un poco de esfuerzo de nuestra parte, subir a lugares más altos, salir de nuestra comodidad y dejarnos encontrar por sus brazos misericordiosos. “¡Bendito sea el Señor, que cada día lleva nuestra carga, el Dios que es nuestra salvación!” (Sal 68, 19)
 
PARA SIEMPRE

    Después de la resurrección de Jesús, los evangelios nos muestran pasajes llenos de ternura y compasión, en los que podemos darnos cuenta claramente de la bondad de Dios ante las grandes incertidumbres de sus discípulos. El Señor resucitado se aparece en medio de los suyos, mientras estos se encontraban llenos de miedo y confusión, para animarlos con expresiones como: “No tengan miedo”, “Paz a ustedes”, “Alégrense”. Es imposible no conmoverse al darse cuenta de la paciencia y misericordia de Jesús después de su resurrección, y sobre todo porque su promesa hecha a los apóstoles antes de subir al cielo, nos hace entender que ese amor nunca se acabará para con sus hijos: “Yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin de la historia” (Mt 28,20). Por lo que podemos estar seguros de que Jesús no sólo resucitó para admiración de los hombres, sino que se encuentra vivo entre nosotros, él unió el cielo y la tierra para que el Reino de Dios no sea una realidad alejada para el hombre, ya que incluso nosotros somos miembros y herederos de ese reino.

    Con todo esto, tenemos que Cristo es un Dios cercano y lo será para todas las generaciones, lejos de aquellas creencias deístas en un Dios que desconoce o se olvida de su creación, sino que él viene a nuestro encuentro siempre que clamamos a su gracia ante nuestras dudas y miedos para mostrarnos su bondad eterna (como también sucedió con sus discípulos después de la crucifixión). Solamente debemos tener confianza en el Dios vivo y resucitado, ya que “él nos guarda al salir y al regresar, desde ahora y para siempre” (Salmo 121).

    Así, somos partícipes de la eternidad de Dios en medio de este mundo tan distraído en los placeres temporales. No olvidemos que tenemos un destino trascendente y que gracias al resucitado es que podemos gozar de las dulzuras del cielo en esta misma vida. “Vivimos en la carne, pero no según la carne. Vivimos en la tierra, pero nuestra verdadera ciudadanía está en el Cielo.” (De la carta a Diogneto: los cristianos en el mundo).
Columnista de CATOLIN
José Pablo Bonilla

Estudiante de Derecho y Contaduría en la U.V., escritor de tres musicales, compositor y guitarrista en...
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