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El exorcismo en el CEM hace 26 años por el Padre Martín Del Campo

Por: Alejandra Villegas
CATOLIN
Padre Martín del Campo. Foto por: Redes Sociales

Xalapa, Ver. 27 Nov 20. 17:50 hrs. (CATOLIN).- Hace 26 años aproximadamente, se llevó a cabo el Exorcismo en el CEM, por el Padre Juan Manuel Martín del Campo.

    CATÓLICO INFORMADO te comparte este acontecimiento narrado en el Libro "Yo soy el Padre Martín", por el Padre Rafael González:

    “Era el mes de noviembre del año 1994, Todos estaban muy contentos por la próxima beatificación en la Basílica Vaticana de San Rafael Guízar y Valencia, el mismo que me recibió a mis 15 años en el seminario de Veracruz, cuando este se encontraba escondido en México debido a la persecución religiosa”, narra el libro “Yo soy el Padre Martín” escrito por el Pbro. Rafael González.

    “Una tarde como de costumbre me encontraba en la Catedral de Xalapa con filas interminables en el confesionario. De pronto una mujer inquieta daba vueltas como tratando hablar conmigo, pero no en confesión. Primero la observé con atención, la dejé y no le hice caso, luego, aprovechando el momento para descansar un poco de la incómoda postura de la sede de las confesiones, me levanté y ella inmediatamente se acercó a mí para decirme algo que le preocupaba mucho. Una de sus hijas enfermera de profesión trabajaba en el CEM-EV (Centro de Especialidades Médicas del Estado de Veracruz), nosocomio que tenía pocos años de funcionar y contaba con muchas especialidades médicas de vanguardia. Allí se encontraba una paciente proveniente de la cuenca del río Papaloapan, la cual, luego de estudios y tratamientos médicos, no mejoraba en su salud, sino que empeoraba y empezaba a dar manifestaciones extrañas, las cuales para los médicos eran trastornos de personalidad, desdoblamiento de la misma, neurosis, psicosis y paranoias diversas".

    "Pero, al mismo tiempo, se corría el rumor que era algo más grave, algo que los médicos no podían aceptar, pues se daban manifestaciones diabólicas que trastornaban a la sencilla mujer, no estaba bautizada y en su familia eran dados carritos llenos de sincretismo, magia y superstición. Esta mujer, me pidió que hiciera oración por la perturbada y que pidiera también por su hija, pues como enfermera del lugar, ella creía que peligraba. La despedí luego de escucharla y le prometí que oraría por esa causa, no di mayor importancia al asunto y seguí en el confesionario hasta ya entrada la noche”.

    “Días después, recibí una llamada telefónica de uno de los médicos del nosocomio, el cual me habló del caso que ya me había platicado la mamá de la enfermera aquella tarde fuera en el confesionario de la catedral. Este médico simplemente me comentaba, que ellos habían puesto todos sus conocimientos y técnicas, junto con terapias adecuadas para tratar a esa mujer perturbada con la finalidad de estabilizarla, pero no habían podido hacer nada. Al contrario, la situación había empeorado. Las cosas llegaron a tal grado que los médicos y las enfermeras tenían cierto temor de seguir con los tratamientos, pues la atmósfera que se respiraba en el lugar que se encontraba esa pobre mujer, era muy pesada y les quitaba la paz y la concentración en los demás trabajos que se debían realizar. Lo que les alarmó mucho, fue que en una ocasión, la mujer que estaba según ellos posesa, les dijo: “En la cama número tal... del piso tal... está una enferma con padecimiento tal... mañana vendré por ella y morirá...”.

    Extrañamente al día siguiente lo dicho por la posesa se cumplía y la paciente mencionada moría tal y como lo habían escuchado de esa mujer perturbada por el maligno”.

    “Esto le preocupaba al médico que me hablaba y así como el personal de la dirección del hospital porque hacía tuviera poco rendimiento en el personal médico, administrativo, de enfermería e intendencia del hospital. Este médico, aunque no de manera directa, me pidió que fuera darme una vuelta en la cama de la enferma, para que como sacerdote diera una opinión sobre el caso”.

    “Al día siguiente por la mañana fui a darme una vuelta al CEM, exactamente a la cama de la enferma en cuestión. Todo lo que hice fue llegar y ponerme delante de ella, y así, sin más, esta mujer empezó a tironearse fuertemente, ya le habían sujetado a la cama porque se hería frecuentemente a sí misma y golpeaba a quienes trataban de ayudarle con una fuerza descomunal no propia de una mujer, ni propia de una paciente con el estado de anemia en el cual ella se encontraba”.

    Continúa “Yo siempre llevaba conmigo dos botellas de agua: una sin bendecir y otra con agua bendita. Esto lo tenía por costumbre para hacer ciertas pruebas sobre todo ante los asuntos posesos que me llevaban o que iba a ver. Al darme cuenta de la situación de la enferma, saqué de la bolsa de mi guayabera, la botella de agua sin bendecir y le arrojé una buena cantidad, la mujer se volteó para otro lado, no se inmutó y simplemente me ignoró, y no hizo con ello ninguna manifestación digna de tomarse en cuenta. Esto me hizo pensar que efectivamente podría tratarse de alguna jugada del maligno, el cual sólo teme al agua bendita y no al agua simple, sin bendición. Entonces saqué la otra botella de agua que si estaba bendita y la arrojé unas gotas sobre un rostro, intempestivamente, la mujer rompió las ataduras que la sujetaban, me lanzó escupitajos, me dijo una sarta de ofensas que dejaban muy cortas a las propias de la bella región de Alvarado en el Estado de Veracruz, y sus ojos se tornaron llenos de furia, tuvieron que entrar a contenerla un grupo de enfermeros y hombres fuertes, porque quería lanzarse contra mí”.

    “Allí me di cuenta que el caso era grave y que sí ameritaba una observación mayor y una intervención más severa en orden a un posible exorcismo. Salí inmediatamente del lugar, me fui a algunas casas religiosas a pedir oración, me puse en ayuno y en plegaria ante Jesús Sacramentado, comenté al Señor Arzobispo lo sucedido y, aunque tenía el nombramiento de exorcista, de todas formas le pedí permiso y autorización para realizar el ritual propio de expulsión de Satanás, pues vi que el caso era grave”.

    “Pedí que me mantuvieran informado de la evolución de la paciente, y al tercer día, me volví a presentar en el lugar, armado con mi estola morada, el ritual para exorcismos, una buena dotación de agua bendita y las oraciones de muchos fieles y religiosas por el éxito del caso. Me dijeron que cuando ya ya iba en los pasillos del nosocomio, sin que la enferma lo supiera, esta empezó a decir con una voz distorsionada: “Ya viene el Martín... ya viene el Martín... ja ja ja”. Entré inmediatamente y la observé con detenimiento, pude ver su rostro herido por la presencia del espíritu del mal, su mirada perdida y sus labios resecos y partidos por la deshidratación corporal que sufría. Entonces, se me ocurrió como algo fuera de serie que ordinariamente no hacía, lanzarle a esta mujer de manera sólo mental, sin pronunciar ninguna palabra y en latín, la oración de expulsión y de mandato a Satanás, pero al hacerlo, ¡Oh! Dios, me equivoqué en la pronunciación y la mujer con voz burlona y ronca me dijo: “¡Pendejo! siquiera apréndetela bien... así no me harás nada... ja ja ja ja”. Allí vi que la cosa era más seria de lo que yo pensaba entonces me di a la tarea de realizar un exorcismo que rayó con lo espectacular, porque no todos los exorcismos son así”.

    “Luego de más de dos horas y del esfuerzo de varias personas que me ayudaron a sujetarla, la mujer fue entrando en un letargo propio de esas manifestaciones, el cual luego se convirtió en llanto y finalmente en una sensación de paz. Me retiré luego de hablar con los médicos que atónitos presenciaban el espectáculo y les pedí que la hidrataran y le dieran de comer”.

    “Al otro día volví y con alegría pude constatar como la cara del demonio, se había convertido en un rostro afable, tranquilo, lleno de gratitud a Dios y con una gran felicidad dentro de sí. Me di cuenta que no estaba bautizada, supe que su mamá se dedicaba la hechicería y a hacer maleficios para otros en un centro de culto satánico en su lugar de origen”.

    “La exhorté a que se bautizara, ella aceptó con mucho gusto y recibió también los demás sacramentos de iniciación, para luego de permanecer una temporada en Xalapa a fin de lograr su total recuperación, volver a la cuenca del Papaloapan de donde era originaria, y supe más adelante, que allá vivía en la paz de Dios”.

    El apartado concluye: “Con ocasión de este suceso en el CEM de Xalapa, hubo en el hospital muchas conversiones, porque tanto médicos, enfermeras, personal administrativo, de intendencia, vigilancia, etc., algunos se confesaron, se acercaron a Dios y hasta una cruz pusieron en el pináculo de una escalera interna del edificio, la cual duró allí muchos años hasta que se continuaron los trabajos de construcción del hospital los cuales en esa parte estaban un tanto inconclusos. ¡Puedo decir, que al final de todo, el demonio fue buen misionero!”.

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