ENTRE EL CIELO Y LA TIERRA: UN BREVE RECORRIDO HISTÓRICO - CATOLIN

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ENTRE EL CIELO Y LA TIERRA: UN BREVE RECORRIDO HISTÓRICO
Xalapa, Ver. 14 Jun 19. 15:40 hrs.
    A lo largo de nuestra era cristiana han existido diversos personajes y hechos históricos en los que la figura de la montaña se ha hecho presente de manera clara y evidente, perpetuando el mensaje inmerso en las Sagradas Escrituras, en el que se nos invita a subir a lugares elevados de la tierra para tener un encuentro con Dios. De hecho, al final de los escritos neotestamentarios, en los capítulos conclusivos del Apocalipsis, nos damos cuenta de que el último acontecimiento que nos relata su autor se lleva a cabo en una montaña, en la que reside la Ciudad Santa, la morada de nuestro Dios omnipotente: “el ángel me transportó en éxtasis a un monte altísimo, y me enseñó la ciudad santa, Jerusalén, que bajaba del cielo, enviada por Dios, trayendo la gloria de Dios” (Ap. 21, 10-11), de donde podemos advertir lo que repetidamente hemos señalado, esto es, que el encuentro entre Dios y el hombre se da en un punto ENTRE EL CIELO Y LA TIERRA, y que así nos lo hace constar la historia de salvación en innumerables ocasiones. Así, al decir que en un monte se llevó a cabo la última narración bíblica, no es más que con el propósito de resaltar que la entonces iglesia naciente, fundada por nuestro Señor Jesucristo, seguía encontrándose desde sus inicios con este lugar tan significativo para el pueblo judío y tan recurrido por el Maestro de Nazaret en los evangelios, por lo que el futuro de los cristianos seguiría marcado fuertemente por la presencia de la montaña santa.

    En efecto, durante más de dos mil años hemos sido testigos de acontecimientos extraordinarios y realmente conmovedores, los cuales han marcado la espiritualidad de la iglesia universal, y que se desarrollaron en diversas montañas alrededor del mundo. Por ejemplo, tenemos el primer monasterio fundado por San Benito de Nursia en Monte Cassino, así como los estigmas de nuestro Señor Jesucristo recibidos por San Francisco en el Monte Alvernia, o incluso la aparición de la Virgen de Guadalupe a San Juan Diego en el cerro del Tepeyac (perteneciente a una cadena montañosa del Valle de México), además de muchos otros momentos de los que no nos daríamos abasto para mencionarlos todos. Por lo que queda más que claro que, así como Cristo buscó repetidamente subir a la montaña para encontrarse cara a cara con el Padre celestial, así nosotros, miembros de su cuerpo místico que es la iglesia, debemos caminar hacia las alturas de la tierra, cada vez más cerca del cielo, y “buscar el rostro de Dios” (Sal 27, 9).

    Ahora bien, adentrémonos un poco más a la presencia de la montaña a lo largo de la historia de la iglesia, significando que más adelante nos detendremos a detallar cada uno de los momentos que a continuación se mencionarán.
 
1. San Agustín y la Ciudad de Dios
 
    En el año 426 d.c., San Agustín de Hipona escribió una de sus más grandes obras de contenido teológico y filosófico: La Ciudad de Dios, con la cual pretendía no sólo defender al cristianismo ante la incertidumbre causada por la ocupación de Roma en manos de Alarico, sino también presentar una interpretación integral de la historia de la salvación, a la luz de las dos ciudades que existen en toda la creación: la ciudad de Dios y la ciudad del hombre. Así, el doctor de la Iglesia realiza un recorrido por muchos de los momentos más significativos narrados en las Sagradas Escrituras, explicando y detallando de qué manera esas dos ciudades han estado en una lucha constante hasta que sean separadas por el juicio final.
 
    Cuando nuestro santo describe a la ciudad de Dios, diferenciándola de la ciudad pagana en que se vive el pecado, se sirve de dos salmos relativos a la ciudad divina que se encuentra edificada ENTRE EL CIELO Y LA TIERRA, sobre las montañas; siendo estos el salmo 87: “La ciudad que fundó en los montes santos ama el Señor más que todas las moradas de Jacob. Cosas admirables y grandiosas están profetizadas de ti, ¡oh Ciudad de Dios!” y el salmo 48: “Grande es, dice el Señor, y sumamente digno de que se celebre y alabe en la Ciudad de nuestro Dios y en su monte santo, que dilata los contentos y alegría.”
 
2. Los maestros de la sospecha

    Ese pensamiento de San Agustín, aunado al de otros grandes santos como Santo Tomás de Aquino y otros padres de la Iglesia, fue el que sirvió como base de toda la edad media o medioevo (aproximadamente hasta finales del siglo XV), significando este un tiempo en que los hombres se encontraban evidentemente llamados a “subir a la montaña para encontrarse con nuestro Señor en la Ciudad de Dios”; sin embargo, a raíz de nuevas corrientes de pensamiento como el humanismo (s. XV), el renacimiento (s. XVI) y posteriormente la ilustración (s. XVIII), surgió un debilitamiento de la fe en el verdadero Dios, causando que fueran menos los que quisieran seguir a la Iglesia de Cristo, incluso hasta el punto de contraponerse a los principios por ella proclamados.
 
    Como consecuencia de ello, el siglo XIX resultó ser el auge de los pensadores con propuestas contrarias a los ideales cristianos, siendo algunos de los más relevantes Friedrich Nietzsche, Karl Marx y Sigmund Freud, a los que se les conoce como los Maestros de la Sospecha, ya que sus teorías son tomadas como la base ideológica de la sociedad secularizada que se generaría poco a poco en las décadas posteriores a su existencia. El pensamiento de estos autores se contrapone claramente a la propuesta del cristianismo concerniente en “subir a la montaña para encontrarse con el Creador”, y esto se hace explícito en aquellas palabras de Nietzsche que rezan así: “Por esto de subir no siento anhelo, ni mis ojos levanto nunca al cielo”; declarándose así la supremacía del ser humano sobre cualquier idea de eternidad.

3. Santa Teresita del Niño Jesús y el Monte Carmelo
 
    Después de tantos siglos en que el mundo insistió en alejarse continuamente del Dios que da la vida, el siglo XX terminó pagando las consecuencias de la construcción de una sociedad evasora de los principios morales objetivos, lo cual se vio reflejado en las dos grandes guerras mundiales que tanto daño hicieron a la humanidad. Sin embargo, en medio de la oscuridad del pecado, Dios hace nacer pequeñas luces que dan esperanza a todos aquellos que buscan la construcción del reino de Dios aquí en la tierra.

    Así, a inicios del siglo antes citado, la Iglesia vio surgir el humilde pero profundo pensamiento de una sencilla Santa del pueblo de Lisieux, Francia: Santa Teresita del Niño Jesús. Esta mujer nos ha dejado múltiples enseñanzas acerca de las virtudes cristianas en la cotidianidad de nuestras vidas, siendo que sus ejemplos tan prácticos y la genialidad de su infancia espiritual fue lo que la llevó a ser declarada Doctora de la Iglesia. Pero lo que más nos interesa en la reflexión que nos ocupa, es aquella ocasión en que descubrió su vocación, consistente en estar al pie de la Cruz para recoger la sangre que se derramaba del cuerpo de Jesús, ya que nadie se apresuraba a tomarla, para después esparcir esa sangre a las almas; esto es, subir al monte con el crucificado, para presenciar su sacrificio tan olvidado por los hombres y después darlo a conocer a los demás, a fin de que el Amor pueda ser amado.
 
    En conclusión, Santa Teresita nos enseña que ya nadie se preocupa por subir al calvario con Jesús, que todos están perdidos en las nuevas ideologías que degeneraron al mundo y lo alejaron del amor misericordioso del padre celestial, que lo dispersaron de la morada eterna que reside en las montañas. Por todo esto, ella decide subir al monte (entregar su vida en el Carmelo), para quedarse con Jesús y gritarle a todos “Aquí está su Dios” (Is 40, 9).

    ¡Esta es la solución a las desgracias de nuestro mundo! Volvamos a la montaña donde reside la morada de nuestro Señor Jesucristo, recojamos su sangre tan olvidada por los hombres y esparzámosla a todos los habitantes de la llanura; hagámosles saber que ahí esta Dios y que nos sigue esperando con los brazos abiertos, aun cuando la humanidad lo ha tenido tan olvidado por tantos siglos, ¡Nosotros podemos hacer la diferencia! En eso radica la tarea evangelizadora del cristiano en la actualidad: atraer a todos sus semejantes al encuentro con el resucitado, evitando a toda costa el pecado que existe en la tierra e invitando a todos a ‘subir’ cada vez más cerca del cielo. Ánimo.
Columnista de CATOLIN
José Pablo Bonilla

Estudiante de Derecho y Contaduría en la U.V., escritor de tres musicales, compositor y guitarrista en...
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