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ENTRE EL CIELO Y LA TIERRA: LA MONTAÑA
Según nos narran las sagradas escrituras, muchos de los momentos más significativos para el pueblo de Dios ocurrieron en una montaña, por lo que podemos advertir que se trata de un lugar privilegiado en que Dios ha revelado cosas muy especiales

Xalapa, Ver. 08 May 19. 17:30 hrs.
Existe un lugar predilecto para el encuentro entre Dios y el hombre a lo largo de la historia de salvación, no es un lugar geográfico específico, sino uno que se encuentra en una altitud elevada y que podemos encontrar en diferentes puntos de la tierra: la montaña. Según nos narran las sagradas escrituras, muchos de los momentos más significativos para el pueblo de Dios ocurrieron en una montaña, por lo que podemos advertir que se trata de un lugar privilegiado en que Dios ha revelado cosas muy especiales. Dentro de algunos de los montes más representativos que podemos encontrar en la biblia, podemos mencionar el Horeb o Sinaí (lugar donde Moisés recibió los diez mandamientos), Hermón (multicitado en el antiguo testamento y cuyo rocío representa bendición), Carmelo (donde Elías enfrentó a 450 profetas de Baal), Moriah (en que Abraham iba a sacrificar a su hijo Isaac), Nebo (donde Moisés pudo ver la tierra prometida), Sión (Salomón erigió allí el templo que construyó al Señor), Getsemaní (donde Cristo pasó sus horas de agonía), Tabor (lugar de la transfiguración) y Calvario (monte por excelencia en que Jesús nos amó hasta el extremo).
 
    Aunado a lo anterior, también podemos darnos cuenta de que el lenguaje alegórico de los salmos nos habla recurrentemente de las montañas como un lugar de santificación y alude que la morada de nuestro de Dios se encuentra sobre ellas: “Señor, ¿quién entrará bajo tu tienda y habitará en tu montaña santa? El que es irreprochable y actúa con justicia” (sal 15, 1), “Grande es el Señor y muy digno de alabanza, en la ciudad de nuestro Dios, en su monte santo” (sal 48, 1), “la ciudad que fundó en los montes santos ama el Señor más que todas las moradas de Jacob” (sal 87, 1). Pero sobre todo, se muestra como un lugar al que el hombre debe aspirar, ya que podrá encontrar allí su salvación: “tan pronto como llamo al Señor, me responde desde su monte santo” (sal 3, 4), “envíame tu luz y tu verdad: que ellas sean mi guía y a tu santa montaña me conduzcan, al lugar donde habitas” (sal 43, 3), “dirijo la mirada hacia los montes, ¿de dónde me vendrá el auxilio? Mi socorro viene del Señor” (sal 121, 1).

    Todavía más, al poner atención a la vida ejemplar de muchos de los santos de nuestra iglesia, nos daremos cuenta de que también ellos pasaron momentos muy especiales al estar en una montaña: San Benito (fundó su primer monasterio en Monte Cassino, en donde desarrolló su vida monástica), San Francisco (recibió los estigmas de Jesucristo mientras oraba en el Monte Alvernia), los siete santos fundadores (un grupo de jóvenes que fundaron la Orden de los Siervos de María, quienes se retiraron al Monte Senario para dedicarse a la penitencia), San Juan Diego (la Virgen de Guadalupe se le apareció en el cerro del Tepeyac, perteneciente a una cadena montañosa del Valle de México).
 
    Así, queda totalmente claro que la montaña no es un espacio cualquiera para nosotros los cristianos, pues se trata de un sitio en que Dios ha mostrado grandes cosas a personajes muy significativos de la historia; pero no sólo eso, sino que, al tratarse de un lugar tan variado geográfica y temporalmente, todos los seres humanos podemos encontrar en ella un refugio espiritual y un medio para escuchar la voz de Dios que nos quiere hablar a lo íntimo de nuestro corazón. ¡Vayamos nosotros también a la montaña! Y dejémonos sorprender por las maravillas de nuestro Señor todopoderoso, quien ha puesto allí su morada santa y nos espera siempre con sus brazos abiertos.

¿Qué representa la montaña?
 
    La montaña, monte o cerro (términos usados indiscriminadamente por las sagradas escrituras) es un lugar que se encuentra ENTRE EL CIELO Y LA TIERRA, un punto de encuentro entre lo más alto y lo más bajo de nuestro mundo, un sitio al que Dios baja lleno de misericordia y el hombre sube para colmar sus deseos de eternidad, un intermedio que requiere de la gracia divina por un lado y del esfuerzo humano por el otro. No quiere decir esto que Dios sea un ser egoísta que no quiera bajar hasta la llanura y ahorrarle al hombre su fatiga por subir, sino que resalta el valor de la libertad con que fuimos dotados desde la creación, para que seamos nosotros mismos quienes decidamos si queremos ir al encuentro de un destino trascendente o conformarnos con las cosas pasajeras de la tierra. Además, no sería justo que Dios reciba un amor obligado o interesado por parte de los hombres, pues el Amor debe ser amado con todas las fuerzas de nuestro corazón, y todo esto requiere de una decisión, un movimiento, que nos lleve a buscar contextos diferentes, lugares más altos, alejados de todo aquello que nos incita a la maldad y al pecado.

    Se trata entonces de encontrarnos con Dios cara a cara, de subir a su morada santa y habitar en su presencia mientras dure nuestra vida, de hacernos ciudadanos del cielo y renunciar a las comodidades terrenales, lo que requiere de un movimiento por parte de nosotros los hombres y de una espera paciente y bondadosa por parte de Dios. Así, por un lado, debemos subir a la montaña, lo cual no es una tarea fácil, requiere de mucho trabajo, dedicación y esfuerzo, pero todo esto se vuelve necesario para alcanzar la corona de la vida eterna; y por otro lado, Dios debe bajar desde su trono, “abrir los cielos y descender, tocar los montes para que echen humo” (sal 144, 5), y ciertamente lo hace, Él baja cada día desde lo alto para darnos su misericordia, pero no siempre recibe respuesta, muy pocos se esfuerzan en tener “manos limpias y corazón puro, en no poner su alma en cosas vanas” (sal 24, 4).
 
     Ante todo esto, sin duda sería más fácil que Dios hiciera todo el trabajo, pues de hecho Él es todopoderoso, y vaya que en muchas ocasiones ha querido reunir a sus hijos “como la gallina reúne a sus polluelos debajo de sus alas” (Lc 13, 34), pero recordemos que somos nosotros los que no hemos querido. A esto se refería Santo Tomás de Aquino cuando expresaba: “la gracia no destruye, sino que supone la naturaleza”, lo que quiere decir que Dios no corrompe al ser humano de la dignidad con la que lo dotó en la creación, no lo obliga a realizar acciones que este no quiera hacer, por muy buenas que sean, ya que lo hizo libre y responsable de sus decisiones, por muy malas que han sido. Pero si el hombre quiere alcanzar esa gracia divina, debe disponerse apropiadamente para recibirla, debe alejarse del mundo tan ruidoso que impide escuchar atentamente la voz de Dios, debe moverse, subir, alcanzar la cima de la montaña para estar un poco más cerca del cielo, de su patria verdadera.

    Así, la montaña no es una realidad tan alejada de nuestra vida espiritual, la encontramos siempre que nos disponemos a estar cerca de nuestro señor Jesucristo con un corazón sincero: cuando vamos a la celebración de los sacramentos, en nuestros momentos de oración y rezo personal, en la lectura y vivencia del santo evangelio, en la adoración al Santísimo Sacramento, en nuestra formación como cristianos convencidos de nuestra fe y de muchas otras formas que nos ayudan a silenciar al mundo exterior y a concentrarnos solamente en nuestro amado misericordioso. Pero sobre todo, estas ‘montañas’ cobran sentido cuando buscamos anunciar a otros el tesoro que hemos encontrado en ellas, pues “nadie enciende una lámpara para cubrirla, sino que la pone sobre un candelero para que todos vean la luz” (Lc 8, 16), por lo que no debemos “dejar de hablar de lo que hemos visto y oído” (Hch 4, 20), porque de hacerlo “gritaran las piedras” (Lc 19, 40); entonces, debemos “subir a lo alto del monte […] y gritar sin miedo que allí está nuestro Dios” (Is 40, 9).
 
    Busquemos las montañas que nos hacen crecer en nuestra vida espiritual, esforcémonos por habitar en la morada de nuestro Dios altísimo y, cuando estemos ahí, gritemos al mundo que hemos encontrado la verdadera felicidad. Ánimo.
Columnista de CATOLIN
José Pablo Bonilla

Estudiante de Derecho y Contaduría en la U.V., escritor de tres musicales, compositor y guitarrista en...
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