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La cruz: nuestra gloria en la eternidad
Xalapa, Ver. 25 Junio 20. 18:20 hrs.
Columnista de CATOLIN
Alejandra Villegas

Lic. en Geografía., Lic. en Derecho, Jefa del área de redacción y estilo de CATOLIN...

“La cruz es nuestra fortaleza en la vida, nuestro consuelo en la muerte, nuestra gloria en la eternidad, haciendo todo por amor a Cristo crucificado, todo se nos hará más fácil, si Él sufrió tanto por nosotros en ella, es preciso que también nosotros suframos por Él”.
 
Bto. Ángel Darío Acosta

A lo largo de nuestra vida terrena nos enfrentamos a diferentes situaciones, algunas comprenden momentos de alegría, otras de profunda tristeza, otras de felicidad y otras de amargura -que muy probablemente dejan un mal sabor de boca-, padecemos la angustia, la incertidumbre y el desconcierto. Todas son situaciones que marcan la vida y que dejan una experiencia, puesto que la vida humana es un constante luchar y no dejarnos vencer en la batalla, es un constante no tirar ‘la toalla’, es aprovechar esta gran oportunidad que tenemos para dejarnos caer en brazos y emprender la senda del abandono –en Aquel que nos ha amado hasta el extremo-.

    Esta oportunidad para emprender el viaje a los brazos y a la senda del abandono, que por la misma misericordia de Dios se nos da, se llama cruz. Y es que, “En la Cruz de Cristo, está el sufrimiento y nuestro pecado que Él acoge con los brazos abiertos, carga sobre su espalda nuestras cruces y nos dice: ¡Ánimo! No la llevas tu sólo. Yo la llevo contigo, yo he vencido a la muerte y he venido a darte esperanza, a darte vida” (Jn 3,16).
 
    Jesús nos enseña que la cruz es símbolo de aparentes fracasos y de victorias, que no debemos temer a los ‘malos tiempos’, puesto que estos; por muy oscuros que parezcan y muy amargos que sepan, son signo de su victoria sobre el mal. Por ello, debemos de ser capaces de tolerar y soportar pacientemente las derrotas, Él pagó por nosotros… debemos tolerarlas en Él, pedir perdón en Él, pero nunca dejarse engañar ni temer.
 
    En los momentos de cruz, la mente del cristiano, debe estar exento a malos pensamientos - Si Dios es misericordia y es amor ¿por qué tengo que sufrir? ¿Dónde está Dios? ¿Por qué cargar una cruz tan pesada? - porque por medio de la cruz, Jesús se une a cada uno de nosotros, se une al silencio de las víctimas de la violencia, se une a las familias que se encuentran atravesando una dificultad, se une a todas las personas que pasan hambre, se une a padres y madres que sufren al ver a sus hijos victimas de vicios, se une a quien es perseguido a causa de su religión, se une a los jóvenes que han perdido la fe en la Iglesia, se une a ti… se une a mí.

    En los momentos de cruz, Jesús se ha unido a muchos, en esta Pluma de Fe, de manera particular quiero resaltar su unión con los sacerdotes, puesto que muchos por ser necesario han cargado con la cruz de la persecución, de la crítica, de la abstención al culto e incluso han preferido la muerte en su nombre.
 
    En México, durante la persecución religiosa y la cristiada los sacerdotes fueron especialmente perseguidos y se vieron obligados a cerrar el culto público, a celebrar la Eucaristía y a administrar los Sacramentos en las casas particulares y a muchas veces huir o esconderse. En cuanto era denunciado un sacerdote, venía la detención y la ejecución. En este contexto, varios sacerdotes sufrieron estas pruebas con actitud heroica, esforzándose cada vez más por vivir las virtudes cristianas y con ayuda de la oración confiada, unieron su cruz con la de Cristo.
 
    Hoy quiero compartir contigo un gran testimonio de fe –de quien en este día recordamos su memoria- una gloria para la Iglesia, particularmente para la de Veracruz: El Beato Presbítero Ángel Darío Acosta Zurita.

    Ángel Darío fue dócil a la gracia de Dios, dócil al llamamiento de Cristo, dócil a su formación sacerdotal en el Seminario. Nació en Naolinco de Victoria, Ver., el 14 de diciembre de 1908, desde niño conoció las limitaciones y los sacrificios. Gracias al apoyo de su madre y la ayuda del Señor Cura Miguel Meza, pudo ingresar en el seminario del Obispo Guízar y Valencia, recibiendo la ordenación sacerdotal el 25 de abril de 1931.
 
    Su llegada a Veracruz fue notable para la gente, puesto que su fervor y bondad, su preocupación por la catequesis infantil y su dedicación al Sacramento de la Reconciliación, eran imprensionates.
 
   Sin embargo, la persecución rugía con gran violencia en Veracruz a partir del año 1931, la situación en la que se encontraba la Iglesia era gravísima y el peligro que corría la vida de los sacerdotes por el simple hecho de serlo, era constante. Ante esta situación el vicaro general De La Mora - Párroco de la Asunción Veracruz - le permitió a sus sacerdotes en absoluta libertad de ocultarse si así lo consideraban o, de irse a sus casas si así lo deseaban. La respuesta que tres de ellos dieron, entre ellos, Darío Acosta, fue: “estamos dispuestas a afrontar cualquier grave consecuencia por seguir en nuestros deberes sacerdotales”.

    El 25 de julio de 1931, era un día lluvioso y en la Parroquia de La Asunción, ahora la Catedral de Veracruz, todo transcurría normal. Las naves del templo estaban repletas de niños que habían llegado de todos los centros del catecismo, acompañados por sus catequistas. Había también un gran número de adultos esperando acercarse al Sacramento de la Reconciliación. Eran las 6:10 de la tarde cuando varios hombres vestidos con gabardinas militares, entraron simultánea y súbitamente por las tres puertas del templo, y sin previo aviso comenzaron a disparar contra los sacerdotes. El Padre Darío que acababa de salir del baptisterio, acribillado por las balas asesinas, bañado en su propia sangre, cayó muerto instantáneamente, alcanzando a exclamar “¡Jesús!”.
 
    Fue así como el Padre Darío Acosta llegó a convertirse en el primer Mártir Veracruzano y la fama de su virtud se extendió. Él como buen sacerdote buscó consolar como Dios y no buscó consuelo fuera de Él, que sin desanimarse ante las dificultades –ante la cruz de la persecución- las afrontó sin temor sólo por amor, puesto que, la vocación, la conciencia y el amor por Cristo y su Iglesia no le permitieron abandonar a su feligresía en los momentos turbios.
 
    Este ejemplo que nos da nuestro primer mártir veracruzano nos enseña que es mejor perderlo todo cuando todo se entrega por amor. En su último día, su vida, como muchos mártires de nuestra Iglesia, fue arrebatada, pero fue arrebatada con la alegría de ver a Cristo y la confianza puesta en Él. El Padre Darío murió expresando con sus últimas palabras su fe y su amor por nuestro Señor Jesucristo. Sin duda este llamado es una gran dicha, que insisto no todos tenemos y que, por lo tanto, no se busca.
 
    La Iglesia ha nacido de la cruz, la Iglesia crece continuando la Pasión de Jesús hasta el fin del mundo. La cruz es el símbolo del cristiano, pues es Jesús quien la sostiene y quien nos ha prometido la eternidad, y sobre el sacrificio de los mártires se celebra el sacrificio de la Misa que actualiza el sacrificio de la cruz.
 
    No quiero dejar pasar por alto, sobre la gran necesidad que como fieles tenemos de sacerdotes santos, orantes, ejemplares y entregados a la obra de la Iglesia, ejemplo de ellos, el Padre Darío.
 
    Así mismo resaltar que ellos te y me necesitan por medio de la herramienta más efectiva: la oración.
 
    Te invito a que al termino de leer esta Pluma de Fe, antes de dormir o cuando tengas un ‘espacio’ eleves una oración por los sacerdotes y en otro momento, a que contemples tu crucifijo… mira a Jesús que con su cruz recorre nuestros caminos, carga con nuestros miedos, nuestros problemas y nuestros sufrimientos… medita en silencio qué es para ti la cruz - ¿Es un signo de derrota porque provoca persecución que destruye o es un signo de victoria porque Dios ha ganado allí? -.
 
    Por último, insisto que muchos mártires y santos, -empezando por el primero, Jesucristo, quien asumió el camino de dolor y de sufrimiento en solidaridad con los hombres-, en vida han unido sus sufrimientos a los del Señor, unieron su cruz de cada día a la del Señor, de tal manera que, tanto tú como yo debemos confiar en Él, abandonarnos en sus brazos para que por medio de su gracia nos hagamos uno con Él y por amor y agradecimiento a Él soportemos y carguemos con paciencia nuestro yugo de cada día, vayamos a Cristo pues es Él mismo, quien nos dice “Venid a mí los cansados y agobiados, que en mí tendréis descanso” (Mt 11, 28).
 
    Si nos decimos buenos cristianos nunca hemos de quejarnos por las burlas, críticas o comentarios que hagan a nuestra costa, por el contrario, cuanto más se nos desprecie, más contentos debemos mostrarnos por defender nuestra fe, por defender a Cristo… saquémosle ‘provecho’ a esta situación como una oportunidad para unir nuestras cruces al Crucificado. La Iglesia también se enorgullece de estos ‘pequeños’ mártires que dan testimonio personal en medio de burlas y mofas.
 
    Estoy segura que, si pudiéramos pasar un instante en el cielo, comprenderíamos lo que vale este sufrimiento aquí en la tierra. Ninguna cruz volvería a ser pesada y ninguna prueba volvería a ser amarga, defenderíamos con entrega y amor a Cristo y a la Iglesia.
 
    Estamos llamados a ser testigos auténticos de la verdad, aprendamos de Cristo y carguemos generosamente nuestra cruz y ayudemos también a otros a cargarla. Hoy en especial, que recordamos la memoria del Beato Ángel Darío Acosta Zurita, pidamos su intercesión, quien consiente del sufrimiento de Jesús, supo unir y soportar sus sufrimientos por amor a Él hacia la victoria que Cristo ya tiene asegurada: La eternidad.
 
    Dios te bendiga.
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