La Encarnación de Cristo - CATOLIN

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La encarnación de Cristo
La encarnación de Cristo debe ser un modo de vida entre los creyentes del evangelio

Xalapa, Ver. 05 Ene 19. 21:00 hrs.
Columnista de CATOLIN
José Pablo Bonilla

Estudiante de Derecho y Contaduría en la U.V., escritor de tres musicales, compositor y guitarrista en...
    El nacimiento de Cristo es el acontecimiento de mayor trascendencia a lo largo de la historia de la humanidad pues no ha existido nada comparable con la idea de un Dios que toma la condición de un ser humano. Este hecho es absurdo e innecesario para panteístas y deístas, pero la soberanía de nuestro señor sobrepasa cualquier expectativa, además que representa un misterio que sólo por medio de la fe puede entenderse. “El verbo se ha abreviado”, “el eterno ha entrado en el tiempo”, son algunas de las expresiones con las que los santos padres de la Iglesia católica han descrito este pasaje en la historia de salvación, pero sobre todo debemos resaltar el amor tan sublime de un creador que se hace semejante a sus criaturas.

    Ahora bien, el nacimiento de Jesús no es solamente un hecho histórico, no se trata sólo de recordar un evento de gran relevancia o celebrar un aniversario más de su llegada al mundo. La encarnación de Cristo debe ser un modo de vida entre los creyentes del evangelio haciendo realidad las palabras de la virgen María en nuestras vidas: He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tus palabras. Cada día Cristo puede hacerse presente en nosotros en la medida que lo dejemos apropiarse de nuestra existencia y vivamos según las enseñanzas del santo evangelio.
 
• María fue la primera en traer a Cristo al mundo, pero no debería ser la última en hacerlo •

    Encarnar a Cristo significa hacerlo tangible en nuestra realidad y el mayor ejemplo que tenemos para esto, como lo mencionamos anteriormente, es María, la virgen madre de Dios. Según atestiguan los escritos veterotestamentarios la mujer llena de gracia se convirtió en el primer sagrario de nuestro Señor Jesucristo guardando en su vientre el germen de una nueva vida por la cual alcanzaríamos la salvación. Su corazón sencillo y humilde fue el motivo por el que Dios hizo cosas maravillosas sobre ella (Lucas 2, 48) y es por esto que todas las generaciones la llaman dichosa. Ella fue la primera en traer a Cristo al mundo, pero no debería ser la última en hacerlo, pues su disposición ante la voluntad divina es algo que todos nosotros podemos imitar para seguir obteniendo el mismo efecto, o sea, que el verbo de Dios ponga su morada entre nosotros.
 
    Recordemos cuando el rey Salomón terminó de construir el templo de Jerusalén para que el arca de la alianza tuviera su recinto, la cual representaba  la presencia de Dios en medio del pueblo de Israel. El heredero del trono de David exclamaba: “¿Será posible que Dios viva en medio de los hombres? Si los cielos invisibles no pueden contenerlo ¿cómo permanecerá  en esta casa?” (1 Reyes 8, 27). Sin embargo, hay algo más grande que los ‘cielos invisibles’ que hace al ser humano capaz de Dios: la sencillez de corazón. María gozaba de esta sencillez y por eso reconocemos que es más grande que los cielos invisibles, pues contuvo en su vientre al verbo eterno de Dios hecho carne para salvarnos.

• Nosotros los cristianos tenemos la tarea de perpetuar la presencia de Cristo en nuestro mundo •
 
    San Ambrosio decía que físicamente no hay más que una madre de Jesús, pero imitando su fe y sencillez, Cristo también puede ser el fruto de nuestros corazones. Nosotros los cristianos tenemos la tarea de perpetuar la presencia de Cristo en nuestro mundo, lo que implica someternos libremente a la voluntad divina, y esto se ha entendido así desde los años primitivos de nuestra fe. Por eso san Pablo expresa en sus cartas: ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí (Gálatas 2, 20), nadie vive ya para sí, ni nadie muere para sí, pues vivimos para el Señor, y morimos para el Señor (Romanos 14, 7), para mí la vida es Cristo y la muerte una ganancia (Filipenses 1, 21), revístanse del hombre nuevo, creado según Dios (Efesios 4, 24), han muerto y su vida está escondida con Cristo (Colosenses 3, 3), por todas partes llevamos en nuestra persona la muerte de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestra persona (2 Corintios 4,10), como hijos amadísimos de Dios, esfuércense por imitarlo (Efesios 5, 1).

    Por último, cabe mencionar la presencia real del cuerpo y la sangre de Cristo en la eucaristía. El pan y el vino son entregados como ofrendas para que en el momento de la transustanciación Cristo encarne en medio de nosotros y podamos consumirlo como alimento de vida eterna. Seamos nosotros también ofrendas como el pan y el vino que se entregan a Dios para ser transformados y dejar que el verbo de Dios se haga carne en medio de su pueblo.

    Tengamos un corazón sencillo como el de María para que Cristo nazca en nuestros corazones y encarnemos en nosotros mismos al verbo eterno de Dios. ¡Ánimo!
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