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LA INTERCESIÓN IMPERATIVA DE MARÍA
Xalapa, Ver. 11 May 20. 19:40 hrs.
Abogada, auxiliadora, socorro y mediadora son los títulos con los que la Iglesia invoca a la Santísima Virgen María, quien fue elegida por la voluntad divina para ser Madre de Dios y Madre nuestra. Ella participa de una forma especial en la única mediación que Cristo ha dado al mundo, no solo como redimida, sino como intercesora de los hombres ante Dios y como un refugio que brinda consuelo a los pecadores. Sus palabras recitadas en el Magnificat (Lc 1, 46-55) ponen en evidencia las grandes cosas que Dios ha obrado en Ella, así como el papel que asumiría desde ese momento para los hijos de Dios: “Todas las generaciones me llamarán bienaventurada”; y todavía más, ya que en su persona se cumplen las visiones del libro del Apocalipsis relativas a una señal grandiosa que apareció de lo alto: “una mujer vestida de sol, con la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas sobre su cabeza” (Ap 12, 1), por lo que tenemos la plena convicción de llamarla Reina del cielo y de la tierra.

    La misión de esta incomparable mujer se revela simbólicamente en el pasaje veterotestamentario de la Escalera de Jacob (Gen 28, 11-12), la cual estaba apoyada con una punta en la tierra y tocaba al cielo con la otra, por ella subían y bajaban los Ángeles de Dios. De la misma manera, la Virgen de Nazaret es una escalera que une a los hombres con su Dios, que con su intercesión hace bajar bendiciones desde el cielo y con gran ternura le lleva nuestros ruegos y oraciones al Creador del universo. Nadie que haya acudido a su protección ha quedado defraudado y siempre que nos acercamos a Ella es a Cristo a quien logramos encontrar al final del camino.

    Ahora bien, María es Madre de Cristo y Madre nuestra, su corazón no es diferente al de las mujeres que han engendrado hijos con afecto a lo largo de las generaciones: Ella está dispuesta a amar hasta el extremo, pero también es exigente con aquellos que se acogen a su maternal cariño, como cualquier Madre que haya existido en la tierra. Ella escucha nuestras oraciones y nos obtiene favores de Dios, mas no pretende cumplirnos caprichos u obtenernos cosas que no vayan de acuerdo a la voluntad de su Hijo Jesucristo. En efecto, el mayor beneficio que Ella nos puede otorgar es el fruto de su vientre y su mayor deseo como Madre es que sus hijos sigamos su ejemplo de abnegación al decir: “Yo soy la esclava del Señor, hágase en mí según su palabra” (Lc 1, 38).

    Por todo lo anterior, y una vez que conocemos en qué consiste la misión que la Virgen ejerce sobre nosotros, debemos advertir que su intercesión trae consigo una calidad imperativa, no porque Ella le ordene a Dios las cosas que debe obrar –ya que nadie puede dirigir al dueño del universo–, sino porque nos manifiesta a sus hijos la orden de actuar conforme a la Palabra de Dios. Nuestra Madre ruega por nosotros, nos ayuda, nos obtiene favores del cielo, pero pide de nosotros fidelidad y amor a su Hijo, sumisión a su voluntad, ya que nada puede hacer por nosotros si no caminamos por las sendas del Señor. Ella es esclava, la Sierva por antonomasia de Dios, y su maternal ayuda es para aquellos que también quieren ser esclavos y siervos, por lo que no puede ofrecer nada que no sea para tal fin.

    Ayudémonos ahora del pasaje evangélico por excelencia en el que se muestra a nuestra Madre como intercesora ante nuestras necesidades: Las bodas de Caná (Jn 2, 1-12), y dejémonos sorprender por esta mujer tan bondadosa que ayuda, pero que también exige; descubramos la forma en que ejerce su misión y que su intercesión se acompaña de una disposición imperativa, siempre con la finalidad de encontrar al Dios eterno a través de Ella.

María intercede y María ordena

    Tres días después de que Jesús llamara a sus discípulos a seguirlo, se celebraba una boda en Caná, a la cual asistieron Jesús y María. Sucedió que se terminó el vino preparado para la fiesta y seguramente los anfitriones pasaron por un momento de angustia y vergüenza; sin embargo, la Madre del cielo, que estaba presente ahí, cumpliría oportunamente su misión de intercesora y consoladora de los afligidos. Resulta que María se dio cuenta de aquella necesidad, como cualquier Madre logra descubrir las aflicciones de sus hijos, ya sea por intuición o a plena conciencia, por lo que le dijo a Jesús: “No tienen vino” (Jn 2, 3), poniendo desde entonces las miserias de la humanidad en las manos del Omnipotente.

    La primera actitud de la Virgen es darse cuenta de que algo no anda bien en la vida de los hijos de Dios, descubre de una u otra forma que tenemos necesidades y escaseces, que hay cosas que preocupan a nuestro corazón y que solo la intervención divina puede solucionar. Y todavía más, lejos de mostrar indiferencia o simple lástima, su corazón se conmueve de tal manera que busca ayudarlos para salir de ese mal momento. Sabe que Ella no puede hacer nada por sí misma, que el único que tiene el poder y el amor suficiente para obrar prodigios es Aquel de quien Ella ha decidido ser esclava y sierva, pero también sabe que ese Amo no podrá resistirse a sus ruegos, ya que la ama de forma predilecta.

    Inmediatamente después de que María le presentara aquella necesidad ajena a Jesús, este le respondió: “Mujer, ¿por qué te metes en mis asuntos? Aún no ha llegado mi hora” (Jn 2, 4), palabras que nos dejan ver que la vida pública de Cristo aún no comenzaba y que su misión mesiánica se mantenía oculta ante los ojos del pueblo de Israel; sin embargo, su Madre insiste, le ruega y logra convencerlo. Con todo esto, el evangelista nos revela el poder de la intercesión de María, que alcanza grandes bendiciones de su Hijo Jesucristo para todos nosotros. No hay nada que Cristo le niegue a María, porque no hay nada que Ella le pida que vaya en contra de la voluntad divina.

    Ahora bien, veamos los acontecimientos que continuaron la escena: “Su Madre dijo a los sirvientes: Hagan lo que Él les diga” (Jn 2, 5). En el lugar se encontraban seis recipientes de cien litros de capacidad cada uno, Jesús les dijo que los llenaran de agua “y los llenaron hasta el borde” (Jn 2, 7). Esto fue lo que sucedió, María les dijo a los anfitriones: ‘obedezcan a mi Hijo’, y evidentemente así lo hicieron, atendieron a las palabras de María, obedecieron primero a la mujer para después obedecer a Cristo, porque después de todo, la voluntad de María siempre será que se cumpla la voluntad de Dios. Quien atiende a María atiende a Cristo, ya que Ella es una escalera que nos lleva siempre hacia Él, es la esclava predilecta que ayuda a los demás esclavos a ser fieles a su Amo.

    ¿Qué hubiera pasado si los sirvientes no hubieran atendido a las palabras de María y no hubieran obedecido a Cristo? Nada, absolutamente nada. No hubiera existido aquel milagro y la boda hubiera terminado en un desastre. ¿Y si a parte de no obedecer esas palabras, se hubieran puesto a clamar con gritos al cielo para recibir la ayuda divina? Tampoco hubiera sucedido nada, porque la oración del necio no es atendida por nuestro Señor ni por la Virgen. Sin embargo, sabemos que ellos sí atendieron a lo que les dijo la Reina del Cielo, obedecieron a Cristo y recibieron un milagro portentoso, no quedaron defraudados en su necesidad porque a su vez no dejaron defraudada a María en su petición: Hagan lo que Él les diga.

    Esta es la segunda actitud de María, una actitud imperativa, porque así es su intercesión, Ella ayuda a quien obedece a Cristo y es lo que nos manda hacer a cada uno de nosotros: Hacer lo que Jesús quiera que hagamos. Sus ruegos son escuchados predilectamente por Dios, pero nunca son ruegos abusivos, que busquen obtener beneficios para las almas necias y desobedientes, sino que son ruegos efectivos, que ayudan a aquellos que buscan actualizar las palabras del Sermón de la montaña: “Busca primero el Reino de Dios y todo lo demás se te dará por añadidura” (Mt 6, 33). Ella no puede obtener favores que no fueran de acuerdo a la voluntad de Dios, por lo que, si queremos que la Virgen intervenga en nuestros asuntos, debemos primero aferrarnos a las palabras de Jesús, obedecerlo.

    La intercesión de la Virgen es imperativa: nos ayuda siempre que atendemos a lo que nos pide, y lo que siempre nos pide es que obedezcamos a Cristo, que nos esforcemos por vivir según sus palabras transmitidas en el Evangelio, que sepamos decirle como Ella le respondió en la anunciación: Hágase en mí según tu palabra. Recordemos que Ella es verdaderamente nuestra Madre, y como toda Madre, sabe ayudar a sus hijos necesitados, pero también sabe exigirles actitudes convenientes para su salvación. No seamos necios, imitemos la actitud de los anfitriones de la boda para que nuestras almas no sufran del desconsuelo divino.

Conclusión

    María es Madre de Cristo y Madre nuestra, su corazón no es diferente al de las mujeres que han engendrado hijos con afecto a lo largo de las generaciones: Ella está dispuesta a amar hasta el extremo, pero también es estricta con aquellos que se acogen a su maternal cariño, como cualquier Madre que haya existido en la tierra. Su intercesión es imperativa, porque sí nos ayuda, pero a su vez exige algo de nosotros: fidelidad a las palabras de su Hijo. Ella es la esclava por antonomasia del Señor y desea beneficiar a los que quieran ser esclavos junto con Ella, mas no puede hacer lo mismo por aquellos que viven con actitudes diferentes a las que pide Cristo en el Evangelio. Por todo ello, atendamos a María que nos ordena obedecer a Jesús, subamos por la escalera que nos lleva al cielo y nos adentra a la presencia de Dios, recemos con amor a nuestra Madre y demostrémosle ese amor comportándonos como Cristo manda.


    Ahora que conocemos que la intercesión de la Reina del Cielo tiene la calidad de imperativa, no volvamos a acercarnos a Ella si no estamos dispuestos a cambiar nuestras vidas conforme a la voluntad de Dios, y tampoco le pidamos su auxilio ante cosas que sabemos que no harán un bien a nuestra alma o que no nos permitirán construir el Reino de los Cielos. Seamos unos hijos verdaderos, que se acercan a la mamá con amor, que le hablan con amor, que la escuchan y la atienden con amor y que quieren imitarla en todas sus virtudes. Cada vez que le digamos a María ‘Ruega por nosotros’, digámosle a su vez a Cristo: ‘Soy tu esclavo, haz en mi según tu voluntad’.

    Animo
Columnista de CATOLIN
José Pablo Bonilla

Estudiante de Derecho y Contaduría en la U.V., escritor de tres musicales, compositor y guitarrista en...
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