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Mujer que calla, mirada que habla
Xalapa, Ver. 06 Ago 20. 14:00 hrs.
Columnista de CATOLIN
Jareny Alejandra Ortega

Estudiante de Odontología, Productora  y conductora de "Un Café Con Tres de Fe"...
San Juan Pablo II decía que: “la escena evangélica de la transfiguración de Cristo (Mt 17, 1-8), en la que los tres apóstoles Pedro, Santiago y Juan aparecen como extasiados por la belleza del Redentor, puede ser considerada como ícono de la contemplación cristiana”.

 
    Hoy que celebramos la Transfiguración del Señor, quiero invitarte a contemplarlo, tomando el ejemplo de su Madre.

 
    Quiero comenzar refiriéndome a la contemplación citando el Catecismo de la Iglesia Católica en el numeral 2712: “la contemplación es la entrega humilde y pobre a la voluntad amorosa del Padre”… y continuando en el numeral 2713: “Es comunión: en ella, la Santísima Trinidad conforma al hombre, imagen de Dios, «a su semejanza»”. Y quiero terminar entendiéndola como Santa Teresa, para ella, la contemplación “es recogimiento porque recoge el alma todas las potencias y se entra dentro de sí con su Dios”. Se trata de entablar una amistad, de mirar y dejarse mirar por el amado, uniéndose a Él a través del silencio.

 
    Conociendo estas definiciones, podemos ahora decir que a María, Dios la hizo enteramente contemplativa. Como primer punto, hay que resaltar que Ella guardó silencio, así escuchó la voluntad del Padre y la cumplió, entregándose humildemente cuando pronunció el hágase (Lc 1, 38). En segundo lugar, podemos afirmar que tuvo, y tiene, una íntima comunión con Dios, pues por haberlo encarnado en su Corazón, fue digna de que se formara también en su vientre. Y a partir de este momento, es decir, de la Encarnación, María comenzó a buscar el rostro de su Amado imaginando sus rasgos, hasta la llegada de su nacimiento en Belén, donde logró poner sus ojos en el rostro de su Hijo, y lo contempló.

 
    Adentrarse, y poner la mirada en los misterios de la vida de Cristo es otra forma de practicar la contemplación, y bien decía San Juan Pablo II, que, “¡María vivió mirando a Cristo!”, guardando sus palabras, meditándolas en el silencio (Lc 2, 19). Toda la vida de Jesús quedó impresa en el Corazón de su Madre ¡Cuántas horas no pasó María contemplando a su Hijo! desde la Anunciación, hasta la Ascensión.

    Contempló cada misterio y no quiso refugiarse en ninguno, no buscó acompañar a su Hijo únicamente en los momentos de gloria y exaltación, no quiso ahorrarse ningún sufrimiento, por eso permaneció también en la humillación, en el dolor de la Cruz, contemplando el rostro ensangrentado y desfigurado de su Amado.

 
    La vida contemplativa de María es ejemplo para toda la Iglesia, y nos enseña que, para alcanzar ese grado de contemplación, se requieren esfuerzos. Es necesaria una renuncia a la propia voluntad para buscar sólo el querer de Dios, una búsqueda del Amor en el silencio, callando los ruidos interiores y exteriores, amor a la soledad, tomándola como un lugar de encuentro, amor a la cruz, para no dejar sólo a Jesús en los momentos de dolor. Estas, y muchas otras cosas son necesarias. Pido al Señor nos de la gracia de irlas descubriendo.

 
    No quisiera finalizar esta pluma de fe sin recordar las palabras de Santo Tomás de Aquino: “Contemplar y dar a los demás lo contemplado”.

 
    La vida de María consistió en la contemplación, pero también en la vida activa, Ella dio lo que contempló, transmitió lo que recibió, aprendió de su Hijo, y al hacerse una con Él, compartió sus sentimientos y se preocupó por sus criaturas, dio ejemplo de esto, con su donación y espíritu de generosidad, estando atenta a las necesidades de los demás (Juan 2, 3; Lc 1, 39-40).

 
    La contemplación debe formar parte de la vida de todo cristiano que quiere crecer en fe y amor a Dios, no debe ser para nosotros algo desconocido, pues a través de ella nos asemejamos a Cristo y nos volvemos dóciles a su voluntad.

 
    CATOLIN, hoy María te invita a callar para escuchar, a guardar todas estas cosas y meditarlas en tu corazón, a orar, y a no olvidar que también es importante llevar a los demás lo contemplado. Sigamos su ejemplo, porque nadie en el mundo ha estado tan estrechamente unido a Dios como Ella.

 
    Vivamos mirando y meditando los misterios de Cristo, imprimamos su vida en nuestros corazones, guardemos silencio para contemplarlo y así poder estar dispuestos a HACER LO QUE ÉL NOS DIGA.
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