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Obediencia: abrazando el querer de Dios
Xalapa, Ver. 30 Ago 20. 18:00 hrs.
Columnista de CATOLIN
Jareny Alejandra Ortega

Estudiante de Odontología, Productora  y conductora de "Un Café Con Tres de Fe"...
    “Todo cuanto un alma puede hacer de bueno consiste en ejecutar la voluntad de Dios, y nunca se cumple esta mejor, que cuando se obedece” Concepción Cabrera de Armida.

 
    La obediencia es una virtud que, para poseerla requiere de nuestro esfuerzo, perseverancia y de la continua renuncia al “yo”. Santo Tomás de Aquino la define como: “oblación razonable firmada por voto de sujetar la propia voluntad a otro por sujetarla a Dios y en orden a la perfección”.

 
    Es mi intención que en esta pluma de fe, veamos, a la luz del Evangelio, cómo vivió María esta virtud.

 
    1.    La obediencia de esta gran Mujer fue la que abrió las puertas a la salvación. Esperando ver cumplidas las promesas de Dios, pronunció el “hágase”, acogió a Jesús en su seno y se sometió a la voluntad divina del Padre (Lc 1, 38).

 
    2.    Al decirle el Ángel que su parienta Isabel estaba esperando un hijo, tomó la decisión de ir a visitarla, permaneciendo tres meses a su lado para hacerse su servidora, acatando sus órdenes (Lc 1, 39-56).

 
    3.    Otros claros ejemplos son cuando por decreto del emperador Augusto y acompañando a San José, fue a Belén (Lc 2, 1-5), por obediencia lo hizo, y por obediencia al mandato que Dios dio a José, también huyó a Egipto (Mt 2, 14), para terminar yendo a Nazaret (Mt 2, 21-23). Todo esto sin saber qué sucedería en cada lugar, pero con una plena confianza y sumisión al plan que Dios tenía para Ellos.

 
    4.    Obedeció también cumpliendo la ley de la purificación, aún sin estar obligada a hacerlo, ya que siempre conservó su virginidad (Lc 2, 22).

 
    5.    Cuando el niño fue perdido y hallado en el templo, María renovó ese “hágase”, recordando que Jesús tenía una misión específica, y que ambos debían primera obediencia al Padre del cielo (Lc 2, 49-51).

 
    6.    ¿Qué decir de las bodas de Caná? María sólo tuvo que expresar “hagan lo que Él les diga” para enseñarnos que las órdenes que debemos escuchar y obedecer, son las de Dios (Jn 2, 5).

 
    7.    Al ofrecer a su Hijo a la muerte, se sometió una vez más a la voluntad de Dios, mostró una obediencia perfecta que la llevó hasta el momento más difícil y doloroso, el de la Cruz (Jn 19, 25).

 
   Ahora que hemos reflexionado un poco en estos pasajes, y que vemos la facilidad con la que María acogió el plan divino, es necesario cuestionarnos ¿Por qué nos cuesta tanto trabajo obedecer? Ya sea a nuestros padres, maestros, superiores e incluso a Dios ¿Por qué para algunas personas es fácil hacerlo y por qué a otras les parece algo imposible? y sobre todo ¿Qué nos corresponde hacer para imitar en la obediencia a María, y por ende a Jesús?

 
    Santa Teresa de Ávila escribió que: “el principal objetivo del demonio es la pérdida de almas y su mejor instrumento es la desobediencia”. Porque esta es contraria a lo que Cristo nos enseñó, que siendo Dios, “se rebajó a sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz” (Flp 2, 8). “Y ahora, llegado a su perfección, TRAE LA SALVACIÓN ETERNA PARA TODOS LOS QUE OBEDECEN” (Heb 5, 8).

 
    Es por eso que el enemigo busca constantemente que las almas se rebelen, buscando sus propios intereses y queriendo que todo se realice a su antojo, tomando una mala actitud cuando las cosas no suceden de este modo. Y es más fácil que caigan en esta trampa quienes tienen un exceso de amor propio, a quienes les cuesta abandonar su voluntad, quienes creen que todo lo que hacen está bien y no reconocen sus errores.

 
    ¡La obediencia implica salir de uno mismo! Y estar dispuesto a acoger la voluntad de Dios, aunque ésta no corresponda con la nuestra. La obediencia también es confianza, dejarse guiar por el Señor, recordando que Él dispone todas las cosas para el bien de quienes lo aman (Rom 8, 28).

 
    Toda la vida de María consistió en renunciar al propio querer para abrazar el querer de Dios, aunque esto la llevara por caminos desconocidos. Bien decía la Beata Concepción Cabrera que, “la virtud favorita de María era no tener voluntad propia”.

 
    Si nosotros queremos vivir la perfecta obediencia, como lo hizo nuestra Madre, tenemos que estar dispuestos a renunciar a nuestro a querer.

 
    Algunos tips que, la beata anteriormente citada nos da para trabajar esta virtud, son los siguientes:

 
    1.    Ver a Dios en quien nos manda.

 
    2.    Obedecer a ciegas, con prontitud y alegría.

 
    3.    Jamás replicar.

 
   Cabe aclarar que estos tres puntos se deben cumplir siempre y cuando la orden que nos den, no contradiga los mandatos de Dios. La obediencia nunca tiene que llevarnos a cometer pecado. Esto es a lo que se refería el apóstol Pedro cuando dijo “Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres” (Hch 5,29).

 
   La obediencia se desvirtúa cuando obedecemos a quien no se debe, en cosas que no se deben. Por eso es importante examinar y estar siempre atentos a las voces que escuchamos.

 
    Otro punto importante es, que no debemos entender el “jamás replicar”, como jamás corregir a quien nos da una orden errónea, es nuestro deber dar razón de la verdad. Jamás replicar, es callar y sufrir alegremente ante los reproches o castigos merecidos, es obedecer con prontitud sin hablar por detrás.

 
   No todas las voces son malas, sólo es cuestión de saber discernir, la Virgen María le dijo a Santa Brígida que: “quien oye a los superiores, oye al mismo Dios”.

 
    “Obedezcamos con temor y respeto, sin ninguna clase de doblez, como quien obedece a Cristo, no con una obediencia fingida que trata de agradar a los hombres, sino como servidores de Cristo, cumpliendo de todo corazón la voluntad de Dios” (Ef 6, 5-6) ¡Hagamos nuestras estas palabras del apóstol Pablo!

 
   Sepultemos nuestra voluntad y hagamos resucitar la voluntad de Dios en nuestras almas, para siempre tener el deseo de HACER LO QUE ÉL NOS DIGA.
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