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Rusia y Ucrania son consagradas al Inmaculado Corazón de María

- La consagración de Rusia y Ucrania se da en medio de la guerra que enfrentan estos dos países, luego de la solicitud realizada por los obispos católicos de rito latino de Ucrania.


Por: Rolando Tobit Bonilla
CATOLIN
Papa Francisco. Crédito: Foto tomada de: Vatican News

Xalapa, Ver. 25 Mar 22. 12:50 Hrs.- (CATOLIN).-En un acto histórico Rusia y Ucrania han sido consagradas al Inmaculado Corazón de María por el Papa Francisco, este viernes 25 de marzo, Solemnidad de la Inmaculada Concepción.

    La Consagración se realizó simultáneamente en el Santuario de Fátima, Portugal por el Cardenal Konrad Krajewski.

    “En unión con los obispos y los fieles del mundo, deseo solemnemente llevar al Corazón Inmaculado de María todo lo que estamos viviendo; renovar a ella la consagración de la Iglesia y de la humanidad entera y consagrarle, de modo particular, el pueblo ucraniano y el pueblo ruso, que con afecto filial la veneran como Madre”, mencionó el Papa en la consagración.

    De acuerdo con declaraciones de EWTN NEWS en español durante su transmisión en vivo, alrededor de 3,500 personas participaron al interior de la Basílica de San Pedro y otras 2,000 más en la Explanada.

    La consagración de Rusia y Ucrania se da en medio de la guerra que enfrentan estos dos países, luego de la solicitud realizada por los obispos católicos de rito latino de Ucrania.

    En días previos el Santo Padre invitó a todos los obispos del mundo y a los fieles a unirse desde sus hogares a esta consagración.

    La Consagración de Rusia fue un pedido de la Virgen María que le dirigió a los tres pastorcitos de Fátima en 1917.

    “Vendré a pedir la consagración de Rusia a mi Inmaculado Corazón y la Comunión reparadora de los Primeros Sábados. Si se atienden mis deseos, Rusia se convertirá y habrá paz; si no, esparcirá sus errores por el mundo, promoviendo guerras y persecuciones a la Iglesia”, fue el mensaje de la Virgen en Fátima.

    En su homilía el Papa recordó imágenes fuertes que muestran lo que ha dejado la guerra en Ucrania. “La guerra atroz que se ha abatido sobre muchos y hace sufrir a todos, provoca en cada uno miedo y aflicción”, mencionó el Vicario de Cristo.
Del mismo modo exhortó a los fieles a recordar que solos “no logramos resolver las contradicciones de la historia, y ni siquiera las de nuestro corazón. Necesitamos la fuerza sabia y apacible de Dios, que es el Espíritu Santo. Necesitamos el Espíritu de amor que disuelve el odio, apaga el rencor, extingue la avidez y nos despierta de la indiferencia”.

    Agregó, que el cambio en el mundo empieza por el cambio en nosotros y para que esto suceda debemos “dejar hoy que la Virgen nos tome de la mano”.

    Más adelante, el Papa explicó como Dios cambió la historia de cada uno de nosotros “Dios cambió la historia llamando a la puerta del Corazón de María. Y hoy también nosotros, renovados por el perdón de Dios, llamemos a la puerta de ese corazón”.

     Esta consagración, explica el Papa, “no se trata de una fórmula mágica, sino de un acto espiritual. Es el gesto de la plena confianza de los hijos que, en la tribulación de esta guerra cruel e insensata que amenaza al mundo, recurren a la Madre, depositando en su Corazón el miedo y el dolor, y entregándose totalmente a ella”.

    Finalmente, el Santo Padre resaltó la respuesta  más bella que los labios de María pronunciaron a Dios: “Que se haga en mí lo que tú dices’ (v. 38)”, resaltó que la aceptación de María no fue resignada ni pasiva, por el contrario, la respuesta muestra el vivo deseo de adherirse a los planes de Dios. “Es la participación más íntima en su proyecto de paz para el mundo. Nos consagramos a María para entrar en este plan, para ponernos a la plena disposición de los proyectos de Dios”, concluyó.

A continuación el texto completo de la oración pronunciada por el Papa Francisco:

    Oh María, Madre de Dios y Madre nuestra, nosotros, en esta hora de tribulación, recurrimos a ti. Tú eres nuestra Madre, nos amas y nos conoces, nada de lo que nos preocupa se te oculta. Madre de misericordia, muchas veces hemos experimentado tu ternura providente, tu presencia que nos devuelve la paz, porque tú siempre nos llevas a Jesús, Príncipe de la paz.

    Nosotros hemos perdido la senda de la paz. Hemos olvidado la lección de las tragedias del siglo pasado, el sacrificio de millones de caídos en las guerras mundiales. Hemos desatendido los compromisos asumidos como Comunidad de Naciones y estamos traicionando los sueños de paz de los pueblos y las esperanzas de los jóvenes.

    Nos hemos enfermado de avidez, nos hemos encerrado en intereses nacionalistas, nos hemos dejado endurecer por la indiferencia y paralizar por el egoísmo. Hemos preferido ignorar a Dios, convivir con nuestras falsedades, alimentar la agresividad, suprimir vidas y acumular armas, olvidándonos de que somos custodios de nuestro prójimo y de nuestra casa común.

    Hemos destrozado con la guerra el jardín de la tierra, hemos herido con el pecado el corazón de nuestro Padre, que nos quiere hermanos y hermanas. Nos hemos vuelto indiferentes a todos y a todo, menos a nosotros mismos. Y con vergüenza decimos: perdónanos, Señor.

    En la miseria del pecado, en nuestros cansancios y fragilidades, en el misterio de la iniquidad del mal y de la guerra, tú, Madre Santa, nos recuerdas que Dios no nos abandona, sino que continúa mirándonos con amor, deseoso de perdonarnos y levantarnos de nuevo. Es Él quien te ha entregado a nosotros y ha puesto en tu Corazón inmaculado un refugio para la Iglesia y para la humanidad. Por su bondad divina estás con nosotros, e incluso en las vicisitudes más adversas de la historia nos conduces con ternura.

    Por eso recurrimos a ti, llamamos a la puerta de tu Corazón, nosotros, tus hijos queridos que no te cansas jamás de visitar e invitar a la conversión.

    En esta hora oscura, ven a socorrernos y consolarnos. Repite a cada uno de nosotros: “¿Acaso no estoy yo aquí, que soy tu Madre?”. Tú sabes cómo desatar los enredos de nuestro corazón y los nudos de nuestro tiempo. Ponemos nuestra confianza en ti. Estamos seguros de que tú, sobre todo en estos momentos de prueba, no desprecias nuestras súplicas y acudes en nuestro auxilio.

    Así lo hiciste en Caná de Galilea, cuando apresuraste la hora de la intervención de Jesús e introdujiste su primer signo en el mundo. Cuando la fiesta se había convertido en tristeza le dijiste: «No tienen vino» (Jn 2,3).

    Repíteselo otra vez a Dios, oh Madre, porque hoy hemos terminado el vino de la esperanza, se ha desvanecido la alegría, se ha aguado la fraternidad. Hemos perdido la humanidad, hemos estropeado la paz. Nos hemos vuelto capaces de todo tipo de violencia y destrucción. Necesitamos urgentemente tu ayuda materna.

    Acoge, oh Madre, nuestra súplica.

    Tú, estrella del mar, no nos dejes naufragar en la tormenta de la guerra.

    Tú, arca de la nueva alianza, inspira proyectos y caminos de reconciliación.

    Tú, “tierra del Cielo”, vuelve a traer la armonía de Dios al mundo.

    Extingue el odio, aplaca la venganza, enséñanos a perdonar.

    Líbranos de la guerra, preserva al mundo de la amenaza nuclear.

    Reina del Rosario, despierta en nosotros la necesidad de orar y de amar.

    Reina de la familia humana, muestra a los pueblos la senda de la fraternidad.
    Reina de la paz, obtén para el mundo la paz.

     Que tu llanto, oh Madre, conmueva nuestros corazones endurecidos. Que las lágrimas que has derramado por nosotros hagan florecer este valle que nuestro odio ha secado. Y mientras el ruido de las armas no enmudece, que tu oración nos disponga a la paz.

    Que tus manos maternas acaricien a los que sufren y huyen bajo el peso de las bombas. Que tu abrazo materno consuele a los que se ven obligados a dejar sus hogares y su país. Que tu Corazón afligido nos mueva a la compasión, nos impulse a abrir puertas y a hacernos cargo de la humanidad herida y descartada.

    Santa Madre de Dios, mientras estabas al pie de la cruz, Jesús, viendo al discípulo junto a ti, te dijo: «Ahí tienes a tu hijo» (Jn 19,26), y así nos encomendó a ti. Después dijo al discípulo, a cada uno de nosotros: «Ahí tienes a tu madre» (v. 27).

    Madre, queremos acogerte ahora en nuestra vida y en nuestra historia. En esta hora la humanidad, agotada y abrumada, está contigo al pie de la cruz. Y necesita encomendarse a ti, consagrarse a Cristo a través de ti.

    El pueblo ucraniano y el pueblo ruso, que te veneran con amor, recurren a ti, mientras tu Corazón palpita por ellos y por todos los pueblos diezmados a causa de la guerra, el hambre, las injusticias y la miseria.

    Por eso, Madre de Dios y nuestra, nosotros solemnemente encomendamos y consagramos a tu Corazón inmaculado nuestras personas, la Iglesia y la humanidad entera, de manera especial Rusia y Ucrania.

    Acoge este acto nuestro que realizamos con confianza y amor, haz que cese la guerra, provee al mundo de paz. El “sí” que brotó de tu Corazón abrió las puertas de la historia al Príncipe de la paz; confiamos que, por medio de tu Corazón, la paz llegará.

    A ti, pues, te consagramos el futuro de toda la familia humana, las necesidades y las aspiraciones de los pueblos, las angustias y las esperanzas del mundo.

     Que a través de ti la divina Misericordia se derrame sobre la tierra, y el dulce latido de la paz vuelva a marcar nuestras jornadas. Mujer del sí, sobre la que descendió el Espíritu Santo, vuelve a traernos la armonía de Dios.

     Tú que eres “fuente viva de esperanza”, disipa la sequedad de nuestros corazones. Tú que has tejido la humanidad de Jesús, haz de nosotros constructores de comunión. Tú que has recorrido nuestros caminos, guíanos por sendas de paz. Amén.

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