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Stella Maris

Stella Maris
Xalapa, Ver. 05 Oct 20. 15:00 hrs.
Columnista de CATOLIN
Jareny Alejandra Ortega

Estudiante de Odontología, Productora  y conductora de "Un Café Con Tres de Fe"...
Oh Jesús ¡cuánto me pesa este destierro! Oh muerte, mensajera de Dios ¿cuándo me anunciarás ese deseado momento que me unirá a mi Dios por la eternidad?”. De este modo se expresaba Santa Faustina Kowalska, apóstol de la divina misericordia, santa a la que celebramos el día de hoy y a la cual le tengo un especial cariño. Ella, al igual que muchos santos, tenía el deseo de morir para gozar de la presencia de Dios, nada terrenal atraía su corazón, por eso sentía su permanencia en la tierra como un destierro. Del mismo modo lo expresaba el Apóstol Pablo en su carta a los Corintios: “Habitar en este cuerpo es vivir en el exilio, lejos del Señor” (2 Cor 5, 6).

    Somos peregrinos en esta tierra, el deseo de Dios está inscrito en nuestros corazones porque hemos sido creados por Él y para Él. Y si esta vida es un exilio ¿Cuál es entonces nuestra meta? ¿Cómo la encontraremos? ¿Quién es la luz que nos guiará por el camino escabroso y nos conducirá hasta la puerta angosta? El papa Benedicto XVI escribió que, “Las verdaderas estrellas de nuestra vida son las personas que han sabido vivir rectamente. Ellas son luces de esperanza. Jesucristo es la luz por antonomasia, el sol que brilla sobre todas las tinieblas. Pero para llegar hasta Él necesitamos también luces cercanas, personas que dan luz reflejando la luz de Cristo. Y ¿Quién mejor que María?”. De Ella hemos recibido a Jesús y por medio de Ella iremos a Él; fue la primera en seguirlo, y siendo elevada en cuerpo y alma, la primera en heredar la gloria. Por eso, es ahora Ella, quien ayuda a sus hijos a encontrar en Cristo el camino hacia la casa del Padre. Y así como los navegantes en la oscuridad de la noche, confiaban en las estrellas para orientarse hacia el puerto seguro, nosotros debemos confiar en María, que es la estrella que guía nuestro camino al Cielo.

    Mientras vivimos este exilio de los fieles que se encuentran en el mundo en continua lucha con el pecado, debemos pedir el auxilio de María, para que nos ayude a alcanzar la gloria de los bienaventurados que lograron vencer las tentaciones y ahora gozan de la vida que no se acaba. Pero también nos corresponde pedir su ayuda para aquellas almas que están viviendo otro exilio mientras purifican sus pecados, aquellas que cuentan con esa última oportunidad que Dios da al hombre de ser salvo.

    Santa Faustina tuvo una conexión muy particular con las almas del purgatorio, pedía constantemente por ellas y deseaba salvarlas. En su diario, por orden de Dios, cuenta una de sus experiencias místicas en donde se ve reflejado el amor y el auxilio que María brinda a los desterrados de ese lugar. Le fue concedido hacer una visita al purgatorio, guiada por su Ángel de la Guarda, y lo describe como, “un lugar nebuloso, lleno de fuego con una multitud de almas sufrientes”, escribió cómo las almas pedían por sí mismas sin obtener beneficio, pero invocaban a María con el nombre “Estrella del Mar”, y Ella a iba a darles alivio.

    En esto, vemos claramente, cómo María, además de socorrer a las almas en esta vida, asiste y consuela también a las que forman parte de la Iglesia purgante. Es la estrella cuya luz no se limita, acompaña a todos sus hijos, y se convierte en la “Puerta del Cielo” –como la llamamos en las letanías-, que nos lleva del exilio de estar lejos de Dios, al Paraíso para estar siempre con Él.

    En las revelaciones que le fueron hechas a Santa Brígida, ella cuenta que cierto día la Virgen le dijo: “Yo soy la Reina del Cielo y la Madre de las misericordias, la dicha de los justos y la escala de los pecadores. No hay pena alguna en el Purgatorio que, mediante mi auxilio, no se vuelva más suave y más fácil de soportar”. Es María quien se dirige con su oración, al mediador Jesucristo, para ablandar las penas que las almas padecen, y así como Ella, nosotros podemos colaborar en su salvación, trayéndolas continuamente a nuestra memoria, redoblando nuestras oraciones por ellas, regalándoles indulgencias, ofreciendo sacrificios, pidiéndole a Dios que les ayude a soportas las exigencias de la justicia divina, que por sus pecados han obtenido. Si nosotros conociéramos los tormentos que sufren, no les negaríamos nuestra intercesión y pagaríamos la deuda que tienen con la justicia de Dios.

    Ahora bien… ya que seguimos peregrinando, formando parte de la Iglesia militante ¿qué otra cosa nos corresponde hacer? ¿Cómo podemos ayudar a la salvación de nuestra alma? Cuenta Santa Faustina que, cierto día, en víspera del día de difuntos, fue al cementerio, entreabrió la puerta y dijo “Si desean, queridas almas, alguna cosa, la haré con gusto, dentro de lo que me permita la regla”. Y enseguida escuchó las palabras “Cumple la voluntad de Dios. Nosotras somos felices en la medida en que hemos cumplido la voluntad de Dios”. En otra ocasión, María le dijo: “te recomiendo encarecidamente que cumplas con fidelidad todos los deseos de Dios, porque esto es agradable a sus santos ojos”. Otro día, le dijo también: “Tu vida debe ser similar a la mía, silenciosa y escondida; debes unirte continuamente a Dios”. ¡Aquí está la respuesta! Si no queremos pasar de este exilio a otro, hay que preguntarnos constantemente si las acciones que realizamos van conforme a la voluntad de Dios, ver todas nuestras acciones con la perspectiva de la muerte. Cristo nos da tiempo suficiente para convertirnos, hacer penitencia e implorar su misericordia, somos nosotros los que decidimos cómo queremos llevar a cabo estas acciones.

    Confiemos en María, Ella es la Estrella que no nos abandona, nos ilumina y lleva hacia el puerto seguro. Encomendemos a nuestros seres queridos que han partido, a su protección, para que de alivio a los que continúan sufriendo y ablande sus penas. Nosotros, no dejemos de orar por ellos, tengamos el mismo celo que Santa Faustina, pidamos por las almas purgantes y llevémosles la misericordia de Dios para que pronto puedan contemplar su majestad y alcanzar la felicidad que no se agota. ¡Hay vida eterna! ¡El Cielo existe! Pidamos a María que nos enseñe a amar, creer y esperar como Ella lo hizo, para dejar prontamente este destierro.

    Por último, quiero compartirte un poema que San Bernardo escribió a la Estrella del Mar:

    “Si se levantan los vientos de la tentación, si te arrastran hacia los acantilados de la desesperación… mira la Estrella, invoca a María.

    Si están a punto de ahogarte las olas de la soberbia, la ambición, la envidia, la rivalidad… mira la Estrella, invoca a María”.

    Estrella del mar, que tu luz nos alumbre y nos guie en nuestro caminar para hacer lo que Cristo nos diga.
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