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Tómalo y no lo dejes escapar
Jesús en ningún momento dijo que debíamos evitar cumplir con nuestras responsabilidades como ciudadanos, sino que debemos darle mayor relevancia en nuestras vidas a las cosas de Dios y, sobre todo, a cuidar las intenciones con que dirigimos nuestras acciones aquí en la tierra. •

Xalapa, Ver. 27 Nov 18. 17:40 hrs.
Jesús dijo a Pedro: “¿quiénes son los que pagan impuestos a los reyes de la tierra: sus hijos o los que no son de la familia?” Pedro contestó: “los que no son de la familia.” Jesús le dijo: “Entonces los hijos no pagan; sin embargo, para no escandalizar a la gente, vete a la playa y echa el anzuelo. Al primer pez que pesques ábrele la boca, y hallarás en ella una moneda de plata. Tómala y paga por mí y por ti.  Mateo 17, 25 - 27
 
    El encuentro personal que tenemos continuamente con Cristo logra trascender todas las expectativas humanas que formamos a lo largo de nuestra existencia, pues no se trata de un mero acontecimiento que marque significativamente nuestra vida, sino que nos introduce a una realidad que sólo podemos entender de manera limitada: la eternidad. Ya no somos más ciudadanos de este mundo físico, habitamos en él temporalmente, pero somos conscientes que nuestra patria verdadera se encuentra más allá. Así vivimos los cristianos, con la mirada puesta en el cielo y nuestras manos obrando en la tierra para alcanzar justicia y paz para la creación.
 
    Aún con lo anterior, no debemos olvidar la dignidad que Dios ha otorgado a los seres humanos y a toda la creación, especialmente con el misterio de la encarnación: el verbo se ha hecho carne, Dios ha tomado un rostro. Esto nos muestra que no se trata de un ser divino lejano, más bien de un ser lleno de misericordia y de ternura que ha asumido nuestra naturaleza para acompañarla en sus dolores y redimirla. Cristo es hombre y es Dios; nos lleva pacientemente hacia nuestro destino trascendente, pero atendiendo constantemente a nuestras necesidades humanas que nos rodean día con día.

"Los hijos de Dios no estamos nunca solos, no estamos desprotegido".

    Para no olvidar la realidad del ser humano en su naturaleza corporal y espiritual, recordemos cómo Cristo resaltó en muchas ocasiones durante su vida pública la importancia de nuestra alma, insistiendo incluso en no preocuparnos por aquello que puede matar el cuerpo (cf. Mt 10, 28). Sin embargo, su acción mesiánica rodeada siempre de milagros y curaciones nos hace ver que realmente nunca deja desamparado nuestro ser natural, él asiste siempre a todo aquel que lo invoca y viene a morar en su corazón junto con el Padre (cf. Jn 14, 23). Los hijos de Dios no estamos nunca solos, no estamos desprotegidos, toda nuestra vida y nuestros asuntos son conocidos y acompañados por el Dios que se ha hecho hombre, pues incluso todos los cabellos de nuestra cabeza están contados (cf. Lc 12,7).
 
    El pasaje del evangelio citado al principio nos ayuda a profundizar un poco más en la ayuda que Cristo da continuamente al ser humano. El apóstol Pedro discute con algunos acerca del pago de impuestos de su maestro, ¿qué puede existir más humano que los impuestos? Estas contribuciones económicas son creadas por la autoridad humana y para el beneficio de la misma. Dios no nos pide ese tipo de ofrendas, pues eso corresponde al César (cf. Mt 22, 17 – 22), por consiguiente a Dios le corresponde todo lo que lleve su imagen, o sea nosotros, los hijos redimidos, su creación predilecta. Todavía más, Cristo es presentado en diversas ocasiones mostrando su rechazo ante las actitudes que muchos cometían al cumplir atentamente con este tipo de obligaciones, pero descuidaban lo que de verdad era importante (cf. Mt 23, 23). Por eso su mensaje es claro: Busca primero el reino de Dios, y por añadidura lo demás llegará (Mt 6, 33).

    Jesús en ningún momento dijo que debíamos evitar cumplir con nuestras responsabilidades como ciudadanos, sino que debemos darle mayor relevancia en nuestras vidas a las cosas de Dios y, sobre todo, a cuidar las intenciones con que dirigimos nuestras acciones aquí en la tierra. Él mismo nos muestra que si actuamos según su enseñanza, nos ayudará con todas nuestras necesidades humanas. Pedro se convierte en un fiel testigo de lo que decimos, pues tuvo que confrontar estas cosas intrascendentes cuando su corazón estaba de lleno en otro asunto (“Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida”). Cristo llega en su auxilio primeramente haciéndole entender el asunto con una perspectiva de vida eterna, y después le otorga milagrosamente los bienes necesarios para el cumplimiento de sus obligaciones. El apóstol no estuvo sólo, su amigo y maestro, al que le ha mostrado fidelidad, lo atiende en sus necesidades más próximas.

"Tengamos confianza en el Dios que ha tomado un rostro como el nuestro".

    Así sucede con nosotros mismos, ya no sólo en el pago de nuestros impuestos, sino entendiendo en ello todas las cosas que nos atañen día con día en este mundo físico. Cristo viene a nuestro encuentro como lo hizo con sus discípulos cuando tenían miedo de la tempestad que avecinó mientras estaban en la barca (cf. Mt 14, 22 – 27); él baja del cielo para hacernos entender que estamos llamados a morar eternamente junto al Padre, y que en este caminar él será un fiel compañero de viaje. Ahora pensemos en nuestra familia, en nuestros estudios o trabajos, en nuestras enfermedades, en nuestras preocupaciones y dolores, ¡Jesús está ahí! Y si somos fieles a su palabra veremos que su gracia nunca se apartará. Tengamos confianza en el Dios que ha tomado un rostro como el nuestro, pronto llegará ese ‘pez con una moneda’ que nos mostrará la gran misericordia y paciencia que Dios nos tiene, y cuando llegue ¡Tómalo y no lo dejes escapar!
 
Prefiguración
 
    El joven Tobías iba acompañado del Arcángel Rafael mientras acampaba a las orillas del rio Tigris. Cuando bajó al río para lavarse los pies saltó del agua un gran pez que por poco se los devora. El arcángel dijo al joven: Tómalo y no lo dejes escapar. Después de pescarlo, siguiendo las órdenes del ángel, lo abrió y le sacó la hiel, el hígado y el corazón. Posteriormente, Tobías ocupó el hígado y el corazón del pez para expulsar al demonio que atormentaba a su esposa Sara y la hiel le sirvió para curar la ceguera que padecía su padre Tobit. La providencia divina también le otorgó un pez para sanar milagrosamente las enfermedades que padecían sus seres queridos, sumándose esto a la bella historia de misericordia que nos relata el libro de Tobías en el antiguo testamento. La antigua alianza nos muestra que Dios es infinitamente bueno al atender las necesidades de sus hijos, y esa misma bondad nos acompañará hoy y para siempre. Seamos fieles a su palabra y veremos que pronto llegará ese pez a nuestras vidas. ¡Ánimo!
Columnista de CATOLIN
José Pablo Bonilla

Estudiante de Derecho y Contaduría en la U.V., escritor de tres musicales, compositor y guitarrista en...
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